Hasta Cruzar la Calle

Hasta cruzar la calle

La noche caía sobre la ciudad y entre los callejones del suburbio los dos amigos corrían desesperados huyendo del lugar. Como almas que lleva el diablo saltaban sobre las cajas y cubos de basura que entorpecían su paso; atrás, dejaban un reguero de sangre y un cuerpo desgarrado. De vez en cuando, en su frenética desbandada, volvían la cabeza hacia atrás intentando comprobar que nadie les seguía.

Uno blanco, el otro negro, herido; amigos desde que nacieron; compañeros de correrías; buscavidas sin retorno; hijos de una misma madre y a los que nunca les importó saber quién era su padre. Algo pendencieros; pero con los suyos, leales hasta la muerte. Jamás retrocedían ante una lucha, nunca conocieron el miedo hasta hoy; hasta esta maldita noche en la que ella se cruzó en sus caminos.El cansancio se fue apoderando de sus cuerpos y, agazapados tras un contenedor de escombros, observaban con sus grandes ojos como un vehículo atravesaba la calle principal inundando la ya oscura noche del ruido de las sirenas y los destellos de sus luces intermitentes.—¿De dónde han salido?
—No lo sé, me tenía cogido por el cuello y no he podido ver nada.
—¿Cómo están tus heridas?
—Nada bien; pero sobreviviré. Continuemos.
—¡Espera! Estás sangrando demasiado y así no podremos llegar muy lejos.
—Aquí no tenemos salida, si nos encuentran estaremos acorralados. Tú estás perfectamente y te meterán en la jaula; en cambio yo, no les sirvo para nada en mi estado y ya sabes dónde acabaré.Muy despacio salieron de su escondite y se fueron acercando a la esquina de la gran avenida; aún circulaban algunos vehículos por la calle; pero ya casi no había transeúntes con los que cruzarse. Si consiguieran llegar a las vías estarían a salvo en su escondite y podrían librarse de esos paletos que sólo saben chulearse cuando atrapan a alguno de los suyos; pero la distancia a cubrir es larga.Pegados a la pared de la calle avanzaron lentamente, intentando ocultarse en los lugares más oscuros, aquellos donde la luz de las farolas que aún mantienen sus bombillas intactas no llega; deteniéndose para tomar aliento bajo las cristaleras de los comercios que ya habían cerrado sus puertas.Durante unos segundos dejó de oírse ruido en la calle; ya no circulaba ningún vehículo cerca y era el momento de atravesar la avenida. Se lanzaron otra vez a una carrera sin freno hasta que sus cuerpos golpearon contra la pared del edificio que tenían enfrente. Nadie les había visto cruzar; pero el reguero de sangre que quedó tras ellos alertaba que el herido no iba a poder resistir mucho más tiempo.—Tendremos que quedarnos aquí.
—No, sigamos hasta el refugio.
—Estas sangrando demasiado, no lo conseguiremos.
—Está bien, nos quedaremos hasta que pase el camión de la basura. Cuando se acerque, nos colamos en él y saltamos cuando estemos frente al refugio.
—Como quieras.Los dos amigos se recostaron en el suelo intentando retener de la mejor forma que sabían, la gran cantidad de sangre que salía por el cuello del herido.

—Duele.

—Lo sé. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?
—No debió haberse cruzado en mi camino y en el de ella.
—¡Joder! No se te cruzó en tu camino; fuiste tú el que no te supiste controlar.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿La viste? Esos andares felinos hipnotizan a cualquiera; me estaba llamando.
—Tienes un rabo inquieto y ya sabía yo que algún día te traería problemas.
—Ninguna se ha resistido nunca a mí; y así debe seguir siempre. No tuvo que entrometerse.
—¡Era su pareja! ¿Cómo quieres que no se entrometiera?
—Debió alejarse, el barrio es mío.
—¿Y tuviste que abrirle las tripas?
—Si no lo hubiera hecho ahora sería yo el que estaría tirado en mitad del callejón.

Un leve ruido, casi imperceptible, les hizo ponerse en guardia. Se apretaron aún más contra la pared y buscaron la oscuridad total para no ser vistos. Lentamente, una sombra se iba acercando hacia ellos, la tensión se hacía insostenible y los pelos de sus cabezas se erizaron como nunca les había ocurrido; poco a poco fueron descubriendo quien se acercaba.

Cojeando ostensiblemente y con el cuello impregnado de sangre salió de su escondite para verla en todo su esplendor; la más hermosa y seductora de todas.

—¿Tú?

Sus cabezas se fueron acercando lentamente, sus caras se rozaron; pero un fuerte golpe hizo que el momento se rompiera como una frágil copa de cristal. Los habían encontrado. Con una agilidad tremenda, a pesar de sus heridas, se puso delante de ella.

—Llévatela de aquí.
—¿Estás loco? Tú solo no podrás.

Los dos hombres se iban acercando hacia donde estaban armados con palos.

—Marcharos ahora, yo saltaré sobre ellos y tendréis tiempo de huir.

Sin decir una palabra más cumplió su palabra y de un fuerte salto se lanzó contra los dos hombres. Nunca llegó a acercarse lo suficiente, sintió un fuerte dolor en su costado cuando uno de los palos impactó sobre él y le lanzó contra unos cubos de basura dejándolo inmóvil. Con los ojos abiertos pudo ver cómo su amigo y ella corrían justo cuando pasaba el camión de la basura y conseguían engancharse a él. Volteó la mirada y los vio, esos paletos que siempre andan jactándose cuando consiguen una presa; pero esta vez no van a sacar mucho por él.

—¡Joder, Luis! Los otros dos se han escapado.
—Y este no nos sirve para nada, Manolo, si no está muerto ya poco le falta.
—Pues tíralo a la basura, no quiero que nos llamen la atención por dejar gatos muertos tirados en mitad de la calle.

® © Rafael Lara Sánchez

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