Un montón de gente no es una república.

El bien es igual a la verdad y el mal a la ignorancia.

Voz en grito pedimos todos los días tirados en las calles y enarbolando la bandera tricolor el establecimiento de una república como sistema político en España; o más bien, queremos que se instaure la Tercera República que es cosa bien distinta.

Yo no sé qué es lo que el pueblo llano, es decir, nosotros todos, entendemos por “república”, que nos han contado sobre ese sistema, y que sabemos sobre ella porque si de verdad fuéramos personas cultas política y socialmente a lo mejor nos lo pensábamos un poco antes de gritar porque por más que intento buscar en nuestro sistema político, no encuentro nada que haga que me incline por un mal llamado sistema de gobierno republicano.

Para empezar, podríamos empaparnos de algo de “culturilla”, más que nada para saber de lo que estamos hablando; es una palabra que viene del latín respublĭca, que quiere decir “cosa pública” o “lo público”; si destripamos aún más la palabreja viene de res, “cosa” y de popŭlus, “pueblo”. Se puede decir que es un sistema político que se fundamenta en el imperio de la ley y la igualdad ante ella como la forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno y de las mayorías, con el objeto de proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede sustraerse nunca un gobierno legítimo. A su vez la república escoge a quienes han de gobernar mediante la representación de toda su estructura con el derecho a voto. El electorado constituye la raíz última de su legitimidad y soberanía.

Ya con esta definición la cosa empieza a patinar un poco porque podemos confundirla con la palabra democracia; ésta viene del griego, que significa “poder del pueblo”, ya que aluden a principios distintos; la república es el gobierno de la ley mientras que democracia significa el gobierno del pueblo. Esto no debería de causar problemas, siempre que se cumplieran las características y el desarrollo de las teorías de la democracia. Por ejemplo, una república delegada, en la que no haya participación del pueblo en lo público más allá del voto cada ciertos años, se parecería más a una oligarquía que a una democracia.

Como podréis comprobar a partir de las siguientes líneas, lo que realmente queremos es quitar a una persona con el cargo o título de Rey y poner a otro para que haga lo mismo; me pueden decir: “sí, pero a este lo elegimos nosotros”, y es cierto, al Presidente de la República lo elige el pueblo y el Rey viene impuesto; pero en España, mientras siga en vigor nuestra constitución, al Rey lo aceptó el pueblo; de entonces, bien cierto; pero no empecemos a hacernos tirabuzones mentales no vaya a ser que consigamos la república y dentro de cuarenta años, el pueblo de ese entonces, prefiera un rey y tengamos que volver a cambiar la constitución porque, como dicen en mi pueblo: “aquí o follamos todos o matamos la puta”. Demos por sentado que la forma de estado de un país es la monarquía si tiene rey, y la república si no lo tiene.

Una monarquía electiva con soberanía popular o una monarquía parlamentaria serían repúblicas en sentido tradicional, porque la soberanía está en el pueblo que otorga más o menos atribuciones a un monarca no soberano. Sin embargo, en la práctica jamás se llama república a una monarquía.

Veamos como se ha definido la república tradicionalmente porque hemos de saber que existen varios tipos de república antes de cambiar y tener argumentos de valor para decidir cuál queremos.

Es la forma de gobierno de los países en los que el pueblo tiene la soberanía y facultad para el ejercicio del poder, delegado ese poder por el pueblo soberano en sus gobernantes a los cuales elige. La república está fundamentada en el “imperio de la ley” y no en el “imperio de los hombres”. Una república es, de este modo, un sistema institucional independiente de los vaivenes políticos y en la cual tanto los gobernantes como los gobernados se someten por igual a un conjunto de principios fundamentales normalmente establecidos en una constitución.

El desconocimiento de estos principios clásicos en la actualidad ha conducido lentamente a que muchos hablen de “repúblicas democráticas” o “repúblicas islámicas”, sin considerar la contradicción que tales frases contienen. ¡Qué fácil es hablar sin pensar!

La república, en la cultura occidental, tiene unos elementos comunes: la periodicidad en los cargos; la publicidad de los actos de gobierno, no es posible el secreto de Estado; la responsabilidad de políticos y funcionarios públicos; la separación y control entre los poderes; la soberanía de la ley; el ejercicio de la ciudadanía, quien pone y depone; la práctica del respeto, y no la intolerancia, con las ideas opuestas; la igualdad ante la ley; y la idoneidad como condición de acceso a los cargos públicos. Tengo a bien subrayar un par de elementos que no debemos olvidar; bueno, no hay que olvidar ninguno si queremos tener capacidad de debate en una discusión; a saber: la no intolerancia con las ideas opuestas y la idoneidad para el acceso a los cargos públicos. Esto ya empieza a ser preocupante, tenemos que ser tolerantes con el que no piensa como nosotros y no podemos dejar que lleguen al poder “palurdos” y que me perdonen los “palurdos”.

El Estado, que es el conjunto de instituciones que ejerce su gobierno y aplica sus leyes con soberanía sobre un territorio delimitado, necesita que ese poder de mando ejercido por el gobierno, se halle organizado de algún modo. Así puede ser monárquico o republicano. La República puede estar constituida sobre un Estado espacialmente dividido en territorios autónomos, República Federal, o con un poder centralizado sobre todo el territorio del país, República Unitaria.

También puede ser la república, una democracia o una aristocracia, como la concebida por Platón, que en realidad se llamaba “politeia” donde gobernaban los mejores, en una forma donde se entremezclaban rasgos de la democracia con los de la aristocracia; pero estoy seguro que esta no os va a gustar.

Existen repúblicas presidencialistas, donde el jefe de Estado y el de Gobierno, elegido por el pueblo, coinciden, y parlamentarias, donde están diferenciadas las funciones del Jefe de Estado y del Jefe de Gobierno, que es elegido por el Parlamento, frente al que es responsable políticamente.

Una característica fundamental del sistema de gobierno republicano es la división de poderes, propugnada por Montesquieu, como un modo de equilibrar y controlar el poder evitando abusos por parte de quien lo ostenta; el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo, y el Poder Judicial.

Otras características de la República, son: la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos; los gobernantes son responsables ante el pueblo que los eligió, por sus actos de gobierno; y la publicidad de dichos actos, que no deben ser secretos, sino puestos a conocimiento del público para poder ser controlados (esto se hace a través del Boletín Oficial); estas características ya las tenemos, aunque creo que hemos suspendido en la segunda de ellas, eso de que los gobernantes son responsables ante el pueblo que los eligió; pero que le vamos a hacer, no es cuestión de levantar una guillotina en la Puerta del Sol, hay otros medios de los que hablaré en mi próximo artículo.

En las repúblicas más modernas, el Jefe de Estado es llamado el Presidente de la República, que no hay que confundir con el Primer Ministro o Presidente del Gobierno. En las repúblicas democráticas, el Jefe de Estado ha de ganar unas elecciones. Estas elecciones pueden ser directas o indirectas. Si el Jefe del Estado de una república es al mismo tiempo el Jefe del Gobierno, a este tipo de República se dice que tiene un Sistema de gobierno presidencial.

Por el contrario, en los Sistemas de gobierno semipresidenciales, el Jefe de Estado no es la misma persona que el Jefe del Gobierno. En estos casos, se da la diferenciación entre Presidente de la República y Primer Ministro (Presidente del Gobierno). En estos casos, el papel del Presidente de la República resulta casi ceremonial, aunque tiene tareas específicas como el papel consultivo en la formación de un gobierno después de una elección. Por el contrario, es el primer ministro el que cuenta con el poder ejecutivo.

En algunos países, el presidente de la República, tiene que permanecer estrictamente independiente a la dinámica gobierno/oposición. ¡Vaya, como en España con la Monarquía!

Por último, en otros países, la presidencia de la República no la ejerce una persona, sino que lo hace un Consejo o Comité. En este caso, la cabeza visible del Estado va rotando entre los miembros del Consejo. Estos sistemas son una herencia de la Antigua república romana donde también rotaba este cargo. Los Comicios designaban a dos cónsules que ocupaban el cargo durante un año. La rotación era mensual y mientras uno ejercía el poder real (cónsul mayor) el otro lo supervisaba.

Una de las principales motivaciones por las que se cambiaba del régimen monárquico al republicano era el aspecto religioso. La mayoría de Monarquías tenía una religión oficial de Estado de la que no se podía disentir, mientras que las repúblicas (sobre todo desde que la francesa y la estadounidense establecieran las bases para el derecho que actualmente recogen la mayoría de constituciones), con la libertad de culto dejan este aspecto a la libre elección del ciudadano.

Muchas veces, las revoluciones que han propiciado el cambio de Monarquía a República han sido altamente laicistas, lo que en ocasiones ha despertado un importante sentimiento anticlerical a raíz del apoyo y el simbolismo que algunas confesiones religiosas como el catolicismo han prestado al Antiguo Régimen, o por su estrecha vinculación con las oligarquías, así como el papel eminentemente reaccionario que las jerarquías eclesiásticas han tendido a desempeñar en su complicidad o defensa activa del orden establecido. En los casos de mayor exacerbación, o de mayor acumulación histórica de frustración y sufrimiento por parte de las clases populares y oprimidas, a raíz del statu quo, esto ha llegado a provocar quemas de iglesias, persecución de religiosos y destrucción de arte sacro, etc. Casos de ello se dieron en Francia, durante la revolución francesa, o en algunas revoluciones socialistas, como las que dieron paso a las distintas Repúblicas de la Unión Soviética (algunas de corta duración), así como las de Vietnam, Corea del Norte, China, México o la inconclusa Revolución social española de 1936, que tiene lugar en el seno de la II República tras el frustrado golpe de Estado por parte de los militares sublevados, que dio lugar al estallido de la Guerra Civil, siendo los intentos o afiliaciones revolucionarias duramente reprimidas desde el bando sublevado. Aunque también la imposición de monarquías o estados totalitarios han fomentado en ocasiones la persecución o ataque a minorías religiosas como a los judíos, o a los cristianos en Japón, o han legitimado su poder en la religión, como la dictadura del General Francisco Franco y su nacionalcatolicismo.

En los Estados Unidos, no sucedió esto, probablemente, porque la suya más que revolución, fue ante todo una Guerra de Independencia para librarse de los abusos de la corona británica. No obstante, los americanos no eligieron ninguna religión de Estado en especial, aunque sí hace referencia en ocasiones a la Biblia o a Dios, por ejemplo, en su constitución. Francia, pionero en la independencia de la religión y el estado, asumiría la laicidad del estado a principios del siglo XX.

Si bien es cierto que muchas veces se ha esgrimido el sentimiento anti-religioso para favorecer la implantación de un régimen republicano, otras tantas veces, ha sido al revés, se ha utilizado un sentimiento religioso (en ocasiones, incluso fundamentalista), con idéntico objetivo. Algunos países se han organizado como una república, para establecer una religión estatal en su constitución. El ejemplo más evidente es el de las República Islámicas, lo mismo sucede el polo opuesto, en el Estado de Israel. Históricamente, muchas repúblicas se han definido en función de una religión, como la República católica de Irlanda o la República protestante de los Países Bajos.

En este caso, al dotar a la República de una determinada religión oficial, lo que se busca es impedir injerencias en el culto estatal, provengan dichas injerencias de dentro del propio Estado o del exterior.

Un instrumento de democracia directa son los referendos, pero éstos sólo son convocados, normalmente, por algún motivo extraordinario. Países declarados como regímenes o estados socialistas o comunistas, en cambio, suelen tener un alto índice de participación del pueblo, de lo que denominan proletariado, pero en cambio, las decisiones que ahí se toman, no son de gran alcance o bien no cuentan con una base realmente democrática donde se puedan discutir y plantear por toda la sociedad las ventajas o inconvenientes al apoyarlos. Es el caso de Cuba, por ejemplo, que organiza los llamados comités populares para que los ciudadanos puedan participar en la toma de decisiones.

Además, muchas de las antiguas repúblicas socialistas de Europa del Este incorporaron a su nombre la denominación titular de democracia, pero al igual que el concepto de república moderno, no se ajustaban a la realidad o a la definición común. Ni se trataba de regímenes participativos de manera transparente y con derechos humanos básicos, ni se ejercían consultas directas (referendos) a la ciudadanía en las condiciones adecuadas. En otros estados considerados democráticos, esto se puede comparar, según algunas opiniones, con los famosos plebiscitos que toman la opinión del pueblo, pero sin que la sociedad en sí tome parte activa en la legislación, y la cámara de diputados

 ¿República o Monarquía? Aunque, teóricamente, la república hace referencia a que la soberanía reside en el pueblo de forma democrática, en la práctica, el concepto república se puede atribuir a estados que simplemente no adopten la forma de monarquía, incluyendo en ocasiones estados con sistemas totalitarios, oligarquías o dictaduras. Por ejemplo, los autócratas tratan de maquillar su forma de gobierno con trajes democráticos llamándose presidentes, en vez de reyes y república a la forma de gobierno de su país en lugar de monarquía o dictadura.

Siempre han existido repúblicas, en cierto modo con rasgos de monarquías absolutistas, donde el Jefe de Estado puede tener muchas de las características de un monarca o rey, llegando a instalar a presidentes vitalicios (concepto muy cercano o paralelo al de dictador). Este tipo de presidente, muchas veces, tiene un poder más allá de lo que es habitual en una democracia.

Durante mucho tiempo, república era un concepto de estado moderno y de ideas ilustradas o liberales diametralmente opuesto a monarquía, símbolo del Antiguo Régimen. En cambio, hoy, esta radical oposición ha quedado diluida por la propia aceptación y evolución de algunas monarquías, especialmente europeas, hacia sistemas de monarquía constitucional o parlamentaria, régimen similar a una república, en el sentido de concederse casi totalmente la soberanía en el pueblo en forma de derecho a voto, aunque conservando como máximos representantes del estado en un cargo heredable entre otras particularidades.

 No podía terminar este artículo sin referirme a la República de partido único. Karl Marx argumentó que las clases sociales tenían intereses y que los gobiernos existentes representaban los intereses de la clase dominante, y que, tarde o temprano, estos gobiernos serían derrocados por las clases proletarias. Cuando en el siglo XX aparecen las nuevas Repúblicas Socialistas, éstas se proclamaron como las herederas más directas de los ideales de la Ilustración y tuvieron que enfrentarse a un grave problema, la mayor parte del proletariado carecía del interés o de la experiencia de gobierno necesaria para que los ideales republicanos socialistas se pudieran poner en marcha. Por ello, las estructuras de gobierno socialistas acabaron siendo, en la práctica, muy piramidales.

Cuando Platón puso sus ideas políticas en práctica en la polis de Siracusa el resultado fue un completo fracaso. Y cuando Cicerón intento algo parecido en tiempos de la Antigua Roma tampoco logró reforzar el gobierno de la República romana, muy a su pesar, sólo logró un preludio de lo que luego sería la Roma imperial.

© ® Rafael Lara Sánchez.

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