La cena de los imbéciles.

elguateque0

Muy buena jornada la de ayer, por fin pude volver a mis quehaceres habituales una vez abandonado el tedioso proceso de estudiar para superar unos exámenes que, la verdad y a mi edad, podía haber ahorrado. Como digo, pudimos reunirnos una serie de amigos, conocidos y acompañantes de esos que, como yo, no tienen donde caerse muerto.

Coincidimos para una simple y reconstituyente tertulia de trivialidades y conversaciones para salvar el mundo; refugiados del calor madrileño en una terraza de esas donde te pulverizan agua, y terminas tan empapado que te ruborizas del chorro de agua que cae desde el pico de tu corbata: pero eso si, amigos, muy agradable.

Todo era una excusa para tomar café y volver a reencontrarnos. Se habló mucho de todo y de nada, el tono de voz se elevaba en ocasiones para superar los decibelios de los autobuses que por allí circulaban y todo marchaba de forma tan especial, como siempre sucedía entre nosotros; pero hoy no era como cualquier día; hoy, más de uno había aparecido acompañado de su particular “Sancho Panza”, y de grupo pasamos a tribu.

Junto a nuestro círculo de “letrasados”, a saber, interesados por las letras, ninguneados por las ciencias y despreciados por la R.A.E. (alguno sabe a lo que me refiero), se adaptaron los adoptados como cuando untas margarina en el pan, acople perfecto.

Allí estaban juristas junto con la nueva hornada de abogados; políticos de diversas ideologías que convergían como amantes frente al cubata de turno; los eruditos habituales y un servidor; que nunca llegué a saber cómo acabé allí y de lo cual cada vez estoy más agradecido a mi mentor.

La tarde transcurrió alargándose hasta la noche devorando con nuestras palabras los ladrillos del tiempo, y la conversación central derivó en noticias de actualidad, nuestro divertimento más recurrido. Que si los incendios y quién financia a los que lo provocan, que si la Dirección General de Tráfico ha perdido el rumbo y ya es incapaz de encontrar s propia lógica, que si los asesinatos de mujeres y alguna que otra cosilla más; pero allí estaban, los “acoplados”, los amigos de los juristas, la “new age” de la abogacía, una especia de secta defendiendo lo indefendible esgrimiendo una serie de leyes y artículos que me produjeron más dolor de cabeza que el golpe que recibí en la susodicha con la bandeja de uno de los camareros.

Era mi momento, soltar mi frase mordaz, encender los ánimos y ver por donde saldría aquello: ¿Creéis que es mejor equivocarse con un inocente y dejar a asesinos y violadores en la calle por un tecnicismo que os habéis sacado de la manga?

No me equivoqué. Acababa de encender la mecha y al grupo de abogados se les unió el de los políticos. Contaros como se desarrolló es absurdo y aburrido. Allí me di cuenta de cómo mi amigo el juez, José María, acertó un día llamando a estos abogados “los mercenarios del derecho”. Todo vale. Lo importante es salir en las noticias y estar en el candelero. Sacar dinero por doctrina. Por supuesto os podéis imaginar el nivel de los improperios que recibí durante buena parte de la conversación.

También me di cuenta de algo curioso, los políticos que allí estaban presentes; como ya dije antes pertenecen a diversos grupos, de ideologías dispares y disparatadas y pude comprobar cómo cambian de opinión en cuestión de minutos según y como les vaya interesando su protagonismo en la conversación. Había pasado de observar cómo se contradecían de un día para otro cuando tienen el guion escrito a hacerlo en minutos cuando están improvisando.

La hora de la cena ya se nos había echado encima y alguien con pocas ganas de volver a casa con su mujer se le ocurrió comentar que, ya que estábamos allí y con tan agradable compañía, podríamos pedir algo de comida para compensar el nivel de líquidos que ya teníamos en el estómago.

Algunos nos miramos y nos encogimos de hombros; ¡ya daba igual! Nos habíamos metido en un charco del que ya íbamos a salir mojados.

He de reconocer que la cena fue agradable y la conversación amena; grupos separados en la enorme mesa de comensales, cada uno hablando de lo suyo y sin perturbar al grupo de al lado. Y como buena cena que se aprecie continuó con nuestra particular sobremesa, y salió uno de los temas de actualidad más delicados: la independencia catalana.

Ese fue el momento en que un servidor decidió levantarse de la mesa, pagar su parte y marcharse a casa; pero no, no me iba a poder escaquear tan fácil. A pesar de que prácticamente todo nuestro grupo había pensado lo mismo que yo, el efecto que los líquidos habían provocado en los acólitos, su insistencia y el no dejar solo a nuestro anfitrión, me vi y nos vimos obligados por voluntad propia a entrar en el debate trampa que nos habían preparado.

Algunos juristas y políticos defendían la consulta; otros juristas y políticos abolían la consulta y todos unidos nos consultaban a nosotros. Yo prefiero no pronunciarme, dije. «Qué pasa, ¿eres del PP?» me soltó Carlos, recién llegado a uno de esos comités federales que se cuelgan como perchas en la organización de un partido político.

Pues si te soy sincero, no. No soy del PP, respondí. «Pues no te entiendo, compañero» me respondió. Ahí note la mirada de Fernando, gran escritor donde los haya, Catedrático en Filosofía por una universidad de Madrid y una de las mejores personas que he conocido. Con los ojos me indicaba que no respondiera, que no entrara al trapo, que me había lanzado el lazo y…, me conocía de sobra.

¿Es que hay que ser del PP para estar en contra de la independencia de una Comunidad? Solté la frase sin pensar, no analicé las consecuencias y añadí leña al fuego que ya se había prendido. «Un liberal estaría de acuerdo con la consulta» escuché y no se quien lo dijo.

Se abrió el melón y la discusión se sirvió en bandeja de plata. Que si el estado federal es lo único viable; que si hay que dar la independencia porque es el deseo de un pueblo; y no sé cuántas frases más de titulares y eslóganes políticos se sucedieron en un momento. He de decir que la discusión no se agrió en ningún momento, con cierta lógica puesto que yo estuve sin intervenir en ella.

Carlos defendió a espada el hacerles una quita a su deuda como acto de buena fe para que vuelva el diálogo. Yo tenía ganas de marcharme a casa así que decidí que era hora de intervenir, decir cuatro tonterías, quedar como un inculto y liberarme de esa cena donde nos habíamos reunido una docena de imbéciles.

Me sorprende, dije, que hace un par de horas atacaras al impresentable de Rajoy por rescatar a los bancos, que son unos ladrones y han robado al pueblo, y que ahora pretendas hacer algo parecido con la Generalitat, que son igualmente ladrones y también han robado al pueblo catalán, a esos a los que defiendes y que con ceguera siguen a su líder corrupto particular. Me sorprende que tengáis a bien aplicar la ley de acuerdo a como os conviene a vuestros propios intereses, cosa que el pueblo no puede recibir. Ahí miré fijamente a Tomás, un abogado laboralista y a Fernando, político repeinado, con camisa, pantalón de tela por las rodillas y zapatos enfundados en unos pies desnudos; también pude observar una especie de gaviota bordada en el bolsillo de la camisa.

¿Pensáis que es bueno una consulta? Yo también, es más, deseo que se celebre la consulta; con el censo real y que sea vinculante, y que esté aprobada por el gobierno y que se cumpla el mandato siempre y cuando haya quorum, y que ese sea el de dos tercios del censo. ¿Lo aceptarías en esas condiciones? También quiero que el resto de los españoles decida, pero sería complicado puesto que otros también querrían una virtual independencia. Así que, ¿por qué no se consulta en todas las comunidades y vemos cuantas quieren desligarse de España? Qué pasa, Carlos, ¿por qué te sorprendes?, podría ser factible.

Y que cada comunidad que lo desee se independice, ¿quién quedaría, Madrid?, podría quedar alguna comunidad más, podríamos dejar a España como un pequeño país en medio de unos reinos de Taifas que limitan al mar. ¿Te imaginas una Andalucía o una Extremadura independiente? Me pregunto quién ayudaría a las comunidades con problemas de déficit, dónde quedaría la solidaridad entre los pueblos. Tal vez lo que deseas es un estado federal para que los que no lleguen reciban del gobierno central las ayudas que necesitan. ¿Dónde está la diferencia con el sistema actual? A no ser, que pienses como algunos que lo que quieren es tapar sus deficiencias, quedarse con todo su producto interior bruto y no dar nada. ¿Qué hacemos como el Ebro?, lo podríamos desviar en Zaragoza y crear un canal hasta Murcia. Y las empresas, en una virtual ruptura ¿crees que los excluidos comprarían sus productos? ¿Y los amigos de los que se van, y sus familiares? Y los que tienen intereses de allí y no son de allá, ¿serían expropiados de sus bienes? Me cuesta imaginarme a Puigdemont paseando por la diagonal diciendo aquello de: “exprópiese”.

Podría decirte muchas más cosas, el deporte, la lengua, la historia, la cultura, todo roto y desvirtuado de la noche a la mañana. Todo porque políticos como vosotros solo pensáis en sacar de la poltrona al que está para poneros vosotros. La historia y el mundo está llenos de grandes libertadores que acabaron sometiendo pueblos y civilizaciones enteras. No, Carlos, lo siento, no cuentes conmigo para eso, yo ni tengo la solución ni soy quién para encontrarla, allá cada uno con sus actos y con sus ideas.

Todo eso que acabas de soltar denota que no tienes ni idea de lo que dices, me espetó Carlos, son una sarta de imbecilidades.

Cierto, respondí, es lo que siempre suele suceder cuando uno acude a una cena de imbéciles. Ya lo escenificó Veber hace justo ahora veinte años. Fue el momento perfecto para que el verdadero imbécil de la noche, yo, abandonara la cena y decidiera que todos los presentes pagaran mi cuenta.

Sé lo que os estáis preguntando muchos ahora mismo, la gran pregunta. Tranquilos que no os vais a quedar sin respuesta. Sí, a los chupitos invitó la casa.

© ® Rafael Lara

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